Cine: sueños, ideas y tiempo.

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Por: Luis Eduardo Flores de la Torre

El cine es una expresión artística que reúne las cualidades de otras: toma prestado el lenguaje visual de la fotografía, la argumentativa literaria, el carácter histriónico del teatro,  la capacidad de acompañamiento de una pieza musical, entre muchísimas características más. Es por esto, que le considero la perfecta quimera de la expresión artística: recombina y estructura su propio lenguaje a partir de lo que las otras bellas artes le han heredado.

Cabe mencionar que el desarrollo histórico del cine, sin duda ha sido acelerado e impetuoso. Nacido del desarrollo tecnológico y catalizado por las ideas que emanan del espíritu humano, el cual, siempre sensible y perpetuamente apasionado, buscó la manera de conjugar la tecnología con el arte. Y la encontró en una máquina que logró capturar la luz y junto con ella: el tiempo. Un artefacto que podía imprimir imágenes en movimiento sobre la superficie de una cinta de celuloide. De ese invento tan revolucionario nació la quimera, que más tarde se alimentaría, principalmente, de la dramaturgia y las características más significativas de otras artes para comenzar a construir historias, y al mismo tiempo, edificar su propia leyenda.

Pero el objetivo de este texto no es describir el proceso evolutivo del cine, sino elogiar la existencia del mismo. Agradecerle tantos años de compañía (más de un siglo desde que los hermanos Lumière inventaran el cinematógrafo y filmasen la primer película de la historia). Ha estado entre nosotros desde hace varias generaciones: educando, entreteniendo y sorprendiendo al mundo. Es importante señalar que, además de emplear un lenguaje cuyo desarrollo se debe a las ideas -y algunos descubrimientos accidentales durante su práctica-., es un lenguaje compuesto por los sueños, en especial uno que desde hace milenios ha ilusionando al hombre: la capacidad de congelar el tiempo. Tal y como lo dijo Tarkovsky: “de imprimirlo y repetirlo cuantas veces se le desee”; el hombre, a través de la luz logró capturar la esencia del tiempo. ¡Y qué es la vida, qué es el universo, sino tiempo!

Todos hemos ido al cine y lo seguiremos haciendo. Todos hemos gozado –y sufrido- con algunas películas. Sin importar nuestros gustos o intereses, cada uno de nosotros tiene motivos suficientes por los cuales se aventura, sin saber qué nos espera, dentro de la oscuridad de una sala de cine, entre decenas o centenares de desconocidos, generalmente en compañía de una persona, cuya presencia casi invisible entre las sombras, pero perceptible gracias a la certeza de tenerla sentada a nuestro lado, hace de la proyección una experiencia deleitosa; o buscando aniquilar la soledad, escapar de la realidad o aderezarla un poco más. También están los que ven películas para “matar” el tiempo, entretenerse y descansar desde las cómodas dimensiones de su hogar, posiblemente en compañía de su familia. Sin olvidarnos de los que buscamos una experiencia profunda, enriquecedora y trascendental. Sea como sea, ¡hay cine para todos!

El séptimo arte es un arte generoso y al alcance de todos.  El cine nos obsequia muchas cosas, entre ellas el don de la memoria, pues entre los múltiples metros que constituyen a una película, se encuentra registrado el testimonio de diferentes épocas que hoy, son recordadas con añoranza y nostalgia. Encontramos en la historia de un filme, la catarsis tras el error, tras la virtud, encontramos también, manifestaciones de amor, de odio, o de cualquier otra sensibilidad que nuestra alma destile. Nos otorga la capacidad de soñar e imaginar; de sentir y apropiarnos de una realidad ajena a la nuestra, nos arrastra hacia mundos totalmente desconocidos, envolviéndonos con la magia de un universo creado tras la escultura del tiempo.

Pero no todo lo que hay en esta constelación son estrellas, el cine también tiene sus agujeros negros. La capacidad que este tiene para maravillar e influir en la gente ha sido aprovechada más de una vez con las más viles intenciones, como manipular, enajenar y engañar. Es por eso que depende de nosotros descartar lo malo que otros arrojan a nuestras mentes a través de la pantalla. Hemos de hacer a un lado los frutos podridos y comer los más dulces que de este inmenso árbol caen. Y aunque el cine, “sea el fraude más bello del mundo”, como dijera Jean-Luc Godard, tenemos que seguir disfrutando de él, puesto que más que una falsedad, es la re-configuración de la realidad, y precisamente  es nuestra percepción sobre ella lo que nos convierte en seres humanos: en  habitantes del tiempo.