El difícil arte de ser mujer

Ilustración por: Óscar Herrera. 4° Semestre Diseño Gráfico. Ilustración por: Óscar Herrera. 4° Semestre Diseño Gráfico.

Texto por: Rocío Madrigal

6° Semestre Lic. en Ciencias de la Comunicación

Ilustración portada: Óscar Herrera

4° Semestre Lic. Diseño Gráfico 

Ilustración por: Brenda Fierro 

4° Semestre Lic. Diseño Gráfico

Ser mujer no es fácil, pero es un privilegio.

En ocasiones, la mujer es considerada como uno más de lo bienes del hombre. Desde temprana edad, su vida ya está determinada. El miembro más importante de la familia, el padre, se encarga de encontrarle al “mejor” marido, para entregarle su más “preciosa” posesión en matrimonio, esto contribuye en gran medida a que las jóvenes sean totalmente dependientes del varón para poder sobrevivir. Esta práctica continúa sucediendo en la actualidad en nuestro país, sobre todo en algunas comunidades indígenas y zonas marginadas, sin olvidar, que en la clase alta los matrimonios consensuados por intereses económicos son frecuentes.

En las culturas que se mencionarán en los siguientes párrafos, estas prácticas se han ido modificado con el tiempo, pero la realidad es que no se han erradicado del todo. Persisten la discriminación, la desigualdad, la injusticia, la intolerancia y el maltrato hacia la mujer.

Si giramos nuestra mirada al mundo, nos daremos cuenta que en muchas sociedades el papel de la mujer se encuentra en una situación peor que en la nuestra. El maltrato y la discriminación en los países orientales y en los del Medio Oriente son prácticas ancestrales. Algunos japoneses no permiten que la mujer camine junto a ellos, y mucho menos por delante, para demostrar su superioridad.  En los siglos XVIII Y XIX un grupo selecto de mujeres japonesas creó toda una cultura impresionante con el único propósito de servir al hombre. Las mujeres dedicaban toda su vida a prepararse, tanto en lo físico, emocional e intelectual, sin olvidar las artes, como la música, el baile y la pintura. Ellas fueron llamadas geishas.

En la India, la desigualdad entre géneros es abrumadora: los matrimonios tienen derecho de tener los hijos varones que ellos deseen, pero sólo les es autorizado tener una hija. Lo anterior principalmente porque son consideradas improductivas y resulta muy costosa su manutención, al grado de que, en algunos casos en las regiones rurales de ese vasto país, cuando nace la segunda niña es abandonada a su suerte o entregada para que sea envenenada. De no hacerlo, el pueblo se encarga de deshacerse de la criatura. Esto sucede en todo el país, con la diferencia de que las mujeres hindús de clase alta se realizan ecografías para conocer el sexo del bebé y en caso de ser niña, abortar, y las mujeres de clase baja tienen que esperar a que nazca.

Las mujeres del Medio Oriente siguen experimentando la discriminación y las restricciones de sus libertades y derechos. Las jóvenes tienen matrimonios arreglados, pero si se negaran a casarse podrían sufrir agresión física por faltarle al respeto a su familia. En árabe los recubrimientos del cuerpo se llaman “burka” (manto largo), y los pañuelos que cubren la cabeza se conocen como “hijab”. La mujer utiliza estas prendas, porque debe ser casta, y su cuerpo sólo debe ser visto por su marido, en caso de ser acosada por un hombre, la culpa la tiene ella por no cubrirse lo necesario y provocarlo.

En África cada año dos millones de niñas corren el riesgo de padecer algún tipo de mutilación genital femenina. Esta es una de las prácticas más inhumanas y degradantes que existen. Resulta aterrador pensar que la estimación del número total de mujeres actualmente vivas que han sufrido ablación en África es de aproximadamente 130 millones. Existe un sinnúmero de consecuencias en las niñas que han sufrido este procedimiento, como la mala circulación, formación de quistes, infecciones, hasta la causa de muerte por colapso hemorrágico o por colapso neurogénico, debido al intenso dolor y al traumatismo. Si nos preguntamos el porqué de esta práctica tan atroz, encontraríamos que principalmente se realiza con el fin de controlar o mitigar la sexualidad femenina, además de que los genitales femeninos son considerados sucios y antiestéticos.

En el mundo occidental las mujeres nos creemos más libres de lo que somos; en comparación con otros países, se dice que las mujeres latinoamericanas tenemos más derechos y libertades, como el poder votar, viajar, maquillarse, bailar, cantar, sonreír, manejar, estudiar, trabajar, hablar, comentar, pensar, escribir, pintar, vestirse como una desee, reírse, usar tacones y hacer deporte son algunos de los “privilegios” con los que contamos, pero, como mujeres ¿de verdad vivimos en el extremo ideal del mundo? Yo lo pongo en duda, pues el índice de violencia contra las mujeres es muy alto, los salarios no son equitativos y la repartición de obligaciones y responsabilidades en el hogar son desiguales.

El sexo femenino era débil y sumiso, casi invisible. Las amas de casa no podían opinar o tomar decisiones (se supone que ahora lo hacen, pero la realidad es que continúan silenciadas, esperando a que el marido dé “la última palabra”), su única función era realizar las tareas del hogar, educar y cuidar a los hijos. La falta de educación era un factor importante: muchas de estas mujeres no habían tenido la oportunidad de instruirse, lo cual las convertía en personas vulnerables, al carecer de argumentos para defenderse.

 

Ilustración por: Brenda Fierro. 4° Semestre Diseño Gráfico.
Ilustración por: Brenda Fierro. 4° Semestre Diseño Gráfico.

Soñar y pretender ser alguien reconocido era algo inimaginable. Muchas mujeres querían emprender una carrera universitaria pero eso era algo inconcebible para los hombres. Como ejemplo tenemos el caso de Elizabeth Blackwell, que en el año de 1847 toma la decisión de estudiar medicina, en lugar de enfermería como todas las mujeres. Ella fue rechazada por múltiples universidades, por el simple y único hecho de ser mujer, pero gracias a su perseverancia logró ser admitida en la Universidad Médica de Geneva y obtener el título de doctora, graduándose como la mejor de su clase. Durante sus estudios tuvo que enfrentarse constantemente a la burla y al rechazo de todos sus compañeros.

La tenacidad siempre nos ha caracterizado y es por eso que nunca nos damos por vencidas. Ha sido y seguirá siendo una lucha lenta y desgastante, para todas nosotras, pues sabemos que aún hay espacios no totalmente conquistados. Hace algunos años resultaba impensable ver a una mujer trabajando en una gasolinería, como chofer de taxi o en un taller mecánico, por dar algunos ejemplos. El día de hoy, no nada más es normal, sino que es un hecho que cada día la mujer va desplazando al hombre, principalmente porque la mujer es más responsable y trabajadora.

El feminismo fue un parte aguas en la historia de la mujer, la alentó a “rebelarse”, a luchar por sus derechos, y exigir la igualdad de oportunidades y condiciones laborales entre géneros. Autonombrarse feminista está de moda, pero, ¿realmente seguimos los ideales de este movimiento? ¿O se trata sólo una etiqueta para sentirnos revolucionarias?

Vivimos en un mundo dirigido por hombres, donde pertenecer al  género opuesto es sinónimo de maltrato y discriminación. Los medios de comunicación, la mercadotecnia y la publicidad se expresan de manera sexista sobre la mujer, pero nosotras aceptamos esta situación, probablemente no de manera consciente. Nuestra imagen es producto de ciertas industrias que se han encargado de fabricar el estereotipo específico de la mujer, el cual hemos adoptado y que se interpreta en las novelas, series y películas. Destinamos miles de pesos para comprar artículos de belleza y ropa para mejorar nuestra imagen, sometiéndonos a cirugías dolorosas y costosas, pues creemos que al vernos “mejor” seremos aceptadas y respetadas por el sector masculino.

Las mujeres resultamos ofendidas incluso con el lenguaje. Una misma palabra puede tener diferentes intenciones, dependiendo de quién y cómo la use. La palabra “vieja”, por ejemplo, tiene muchas connotaciones: se emplea para referirse a algo antiguo, de muchos años o deslucido. Entre mujeres lo utilizamos para demostrar que somos únicas y que nos permitimos cualquier cosa: “Estamos entre pura vieja”. Sin embargo, cuando la utiliza el hombre es ofensiva y sirve para demostrar posesión: “Te presento a mi vieja”. Algunas otras cosas que nos incomodan son los “halagos” que recibimos en la calle, los chiflidos, los claxonazos, los besitos tronados, las miradas penetrantes, y las frases como: “Adiós mamacita”,”¿A dónde vas mi reina?”, “¿La acompaño, güerita?”, “Estas bien buena”,” ¿A qué hora sales por el pan?”, “Tanta carne y yo chimuelo”, etcétera.

¿Cómo se sentirían los hombres en nuestros zapatos? Esta pregunta condujo a la cineasta francesa Éléonore Pourriat a la realización del cortometraje “Oppressed Majority”, en el cual podemos ver retratados los acosos a los que se enfrentan las mujeres diariamente en las calles, sólo que en esta ocasión los hombres son el blanco del sexismo y la violencia física y verbal.

Existen muchos medios para maltratar a la mujer y el principal es el machismo, un fenómeno cultural, en el cual el hombre busca mantener las creencias tradicionales masculinas. En nuestro país comenzó durante la época de la conquista, en donde rasgos del machismo árabe y español formaron parte de la cultura mexicana. Este acontecimiento estableció la típica estructura familiar mexicana, la cual es predecesora del machismo en México.

Esta costumbre, actitud y práctica social tiene múltiples vertientes, una de las más conocidas es el micro machismo, un huésped que habita en las relaciones de pareja. Los varones utilizan maniobras para mantener dominada a la mujer. Hay varios tipos de micro machismo, pero los más representativos son los coercitivos y los encubiertos. Los primeros se caracterizan por hacer evidente el poder  del hombre a través  de la fuerza moral, psíquica, económica o de la propia personalidad, para mantener doblegada a la pareja. Los encubiertos, por su parte, son prácticas y comportamientos tan cotidianos, que se disfrazan y resultan casi imperceptibles; éstos son más peligrosos, porque impiden que la mujer tenga un pensamiento libre y acabe siempre cumpliendo la voluntad del hombre. Como ejemplo tenemos  la tan sonada frase: “Yo siempre ayudo a mi mujer”, la cual implica que la responsabilidad y obligación le pertenecen a ella, pero él muy amablemente le otorga un poco de ayuda.

¿Cómo le exiges a una sociedad que te respete, si tú no puedes respetar a tus iguales? Mujer contra mujer. Entre mujeres nos discriminamos por nuestro origen étnico, nivel económico, profesión, preferencia sexual, apariencia física, e incluso por las capacidades intelectuales. Muchas veces desarrollamos estas comparaciones y clasificaciones para sentirnos superiores, fuertes e invencibles; es una forma inconsciente de reforzar nuestra autoestima, y de contrarrestar la impotencia que sentimos al no poder defendernos contra el otro género, lo cual ocasiona que nos desquitemos contra el propio. Ahora sí que como dice el dicho: “Mujeres juntas, sólo difuntas”.

La sociedad machista existe porque la mujer es cómplice. A menudo, las principales enemigas de las mujeres son las propias madres, las cuales establecen diferencias abismales entre los hijos y las hijas.  Esta desigualdad forma parte de nuestra cultura y es más común en una sociedad machista como la nuestra. La sobreprotección al sexo masculino es impresionante: las mamás los cuidan, toleran sus berrinches y les cumplen todos sus caprichos, mientras que a las hijas al considerarlas a su imagen y semejanza, las enseñan a ser casi perfectas, pues tienen que ser buenas anfitrionas, amas de casa, trabajadoras, fuertes, valientes, comprensivas, dóciles, resignadas, obedientes, y un sinfín de “cualidades”. Ellas no sólo tienen que cumplir con las obligaciones del hogar y la escuela, sino que además tienen que atender al padre y a los hermanos.

Debemos reconocer que el machismo es ejercido por muchos hombres, principalmente por la presión social; no sería bien visto que en su familia no fuera él el que lleva los “pantalones”. Si el hombre no muestra su autoridad es criticado fuertemente no nada más por los hombres, sino incluso por las mismas mujeres, y esto hace que este fenómeno se convierta en un callejón sin salida. Desde el momento en que se establece un matrimonio, la madre del esposo, la suegra, es la primera en propiciar la existencia del machismo en esa unión, y se ufana en decir que su hijo es el jefe, el que manda, la única autoridad en ese hogar, sin darse cuenta que está favoreciendo el que cuando su hijo sea padre seguramente maltratará a sus hijas.

Mientras las madres no hagan un ejercicio de reflexión profundo, dándose cuenta de que ellas pueden ser la diferencia en las generaciones venideras, contrarrestando las desigualdades de género en sus propios hijos, llenándolos de valores y trabajando fuertemente en inculcarles la equidad entre mujeres y hombres, esta sociedad no dará el paso definitivo. Aunque resulta paradójico, tal vez las mujeres no podamos hacer un cambio significativo, pero las madres sí.

No todo está perdido; debemos seguir en pie de lucha, pero esta batalla no es con armas: es con inteligencia, claridad de ideas, aceptación, autoestima, y como tantas cosas, con profundo amor a nosotras mismas, para a partir de ahí generar la transformación que todas esperamos y necesitamos.

Mientras todo esto sucede seguiremos practicando el difícil arte de ser mujer.