El futuro

planifica el futuro

Por: Sofía Priscila Pérez Valle

Al empezar la licenciatura en Ciencias de la Comunicación, creí que esos cuatro años serían eternos, los visualizaba tan lejanos e inalcanzables que concebía al campo laboral (al trabajo real) como algo remotamente posible. Siempre ha existido cierto conflicto entre el tiempo y yo, quizá por ello soy tan precavida, tan molesta y tormentosamente precavida. Con mis cuidados exhaustivos pretendo atenuar los golpes del futuro, – y es que el futuro y la incertidumbre como elemento sorpresa son imponentes- al menos para mí lo son, lo han sido siempre, de pequeña recuerdo haber lavado los trastes o arreglado la casa después de cualquier discusión con mi hermano, todo ello para aligerar el regaño que acompaña cualquier mala acción. Ahora ya no hay pleitos infantiles, ni reprensiones pero el temor hacía lo que se avecina, no aminora. Estoy a un semestre de terminar la carrera y pese a conocer bien mis áreas de preferencia, no sé ni que haré ni en donde estaré. Los sueños con los que inicié han sufrido tantas mutaciones que hay momentos en los que me es imposible ser objetiva. Me he preguntado vez tras vez si pesa más la remuneración monetaria o el disfrute del trabajo, sin lugar a dudas me inclino por la segunda pero aún así el dinero (esos billetes y monedas tan deseados por la gran mayoría) sigue siendo un factor importante, y pese a mi pesar, también necesario.

He intentado enfrentar al futuro, le he dicho (antes de que llegue) que no le tengo miedo, que cualquier cosa que suceda, sucederá por alguna razón específica y que por muy buena o mala que esta sea, me proveerá de aprendizaje y experiencia, mismos que me forjarán como persona, como ser humano, como mujer. Le he dicho a la incertidumbre que aún considerándome sensible en extremo, las situaciones vividas me han hecho fuerte. Me he sincerado también, he confesado mi resquemor, la angustia de no llegar a ser lo que alguna vez quise ser, el desasosiego de optar por lo sencillo aún cuando esto implique la mediocridad, el ver la meta a lo lejos y no llegar a ella. Y como ocurre a menudo después de una profunda confesión, he sentido que mi carga disminuye, porque sin importar que haya días malos, los siguientes podrán ser mejores. El simple hecho de despertar es ya un gran regalo, por esta razón he procurado dejar que las cosas pasen de manera natural, sin forzarlas.

Sigo sin saber que haré y donde estaré, pero no dudo que mi amigo (el futuro) me tenga algo bueno preparado.