El país donde todavía se pueden ver las estrellas

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Sí, de ahí vengo, de ese lugar bello donde todavía se puede tomar el auto por las noches, manejar hacia las afueras de cualquier pueblo o ciudad para detenerlo al lado del camino y pasar unas cuantas horas sin hacer nada más que estar tumbado viendo las estrellas en el cielo. Que de poder, se puede…que el miedo no nos invada, bueno pues…

En realidad las cosas se han vuelto bastantito más turbias y últimamente en vez de escuchar o leer sobre estas pequeñas maravillas que ofrece México, todo lo que se sabe es sobre balas perdidas, o bien dirigidas, del narcotráfico. Cantidad incontable de cuerpos que derraman sangre cada día, inseguridad, amenazas, falta de trabajo, incertidumbre de lo que pueda suceder mañana. Pero es que el orden del mundo no es del todo tan diferente, esa incertidumbre existe en todos lados, por lo menos también aquí un poco, desde el lugar donde escribo ahora: Madrid. Sí, en un nivel y en un contexto completamente distinto. Aquí nadie se muere de hambre, pero también sufren de un tipo de “paro”, el nombre que le dan aquí al desempleo. Gente que no encuentra el trabajo que quiere, y jóvenes que salen hiper preparados de sus estudios, armados para enfrentarse a la guerra de la vida que resulta ser completamente distinta a la que imaginaban mientras estaban en las aulas. Desilusiona, sí, un poco. Nadie tiene su futuro asegurado, por eso hay que saber hacer de todo, aunque sea un poco.

Yo mientras volteo al cielo madrileño y sí, sí se ven algunas estrellas, pero sólo a veces, cuando no está nublado, aunque las luces de la gran ciudad no me dejan verlas todas. No como en esa selva caribeña, o como en esos cielos queretanos que tanto Borges como yo admiramos y recordamos con nostalgia…(caen incluso algunas lágrimas, mías no, de Borges).

Últimamente, los últimos domingos de estos últimos años de mi vida, me leo igual de desesperanzada las letras de la desesperada Sefchovich, la Sara socióloga y mexicana preocupada. Admira ella, en alguna de esas columnas, la pasividad con la que en México se vive cada día; el ciudadano promedio empieza su jornada en la madrugada, pasa el día entero entregado al trabajo y regresa a casa muerto, sin querer pensar en nada. Se duerme para recobrar fuerzas y el día siguiente lo vive igual. Así las cosas difícilmente cambiarán, pero es que también, así nos hicieron, así nos acostumbraron, es eso o morir en la batalla que lucha por un cambio y que es fácilmente silenciada o ignorada por los políticos que no ven más abajo, ni más lejos que su propia nariz (por más enanos que sean).

El asunto es que, estando tan lejos, por fin me llegó algo que me conmovió y removió todo por dentro, algo de lo que, contrario a la cantidad de muertes y de violencia que se lee a diario sobre mi país, no se difundió con la misma intensidad. Una imagen de José Luis González (Reuters) publicada el 17 de octubre del año corriente en la versión virtual del periódico español El País, con un pie de foto donde se lee: “Un hombre que participa en una clase de 30 minutos observa el firmamento a través de un telescopio sobre las dunas de Samalayuca, cercanas a Ciudad Juárez (…)”

Y es que ¡carajo!, lo primero que pensé fue eso…¿cómo pueden?, ¿cómo es que tanta gente está ahí reunida a esa hora de la noche, sabiendo que viven en una zona prácticamente de guerra? Pero solita me respondí: es un lugar en donde todavía se pueden ver las estrellas. Donde el resplandor de tanta gente, familias juntas, es suficiente para que esas personas reunan el valor de pasar, en medio del desierto, una velada de ese tipo. Sonriendo todos al ver las relucientes estrellas, mismas que aún se pueden ver ahí suspendidas como recordatorio de que existe la esperanza de que todo puede pasar. De que vale la pena arriesgarse durante unas horas para verlas y olvidarse del pesar que se vive a diario. De que México volverá algún día a ser un lugar tranquilo donde se pueda vivir con dignidad y sin miedo…justo como en esas estrellas.