El péndulo

péndulo

Por: Ricardo Palacios.

– ¡Tic, Tac!– Gritó fuerte el reloj.

– ¿Qué dices?– Pregunté calando mi cigarro.

–Tic, Tac. – Repitió sutilmente en mis oídos mientras enterraba el minutero en mi mirada.

– ¿Y qué se supone que yo te diga?– Lancé otra pregunta que se fugaba entre el humo.

Y se posó la tristeza en el balcón del ventanal de la sala de estar del departamento de la locura de mi persona, y pasó. Sin más subió hasta el ático y así, se posó en mi pensamiento. Caminando, el golpeteo de sus pies en el piso superior de madera, retumba en mis oídos. Y grité.

– ¡Lárgate ya!– No dije más, y ahora el silencio retumbaba en las cavidades craneales que llamo oídos.

– ¿Pero de qué hablas?– Escuché detrás de mí, – Tú me invitaste a pasar. – Me besó la nuca y el escalofrío pasó por mi cuello, mi espina, mi espalda, mis extremidades, mis pensamientos y mis recuerdos.

–El juego de la indiferencia llegó. – Dije en voz baja, dándole otra calada al cigarro.

Entonces decidí levantarme del sofá donde llevaba años sentado, con la piel encarnada, y el cuerpo, y la mente, y el alma, y la fe, y la esperanza, y a pesar del dolor que sentí al dejar parte de mi piel ahí, lo logré, con la herida abierta, con la esperanza ensangrentada y el corazón baleado.

Miré en rededor de mi habitación entonces: mortecina, fúnebre, lúgubre. Un vaso llamo mi atención, decidí avanzar; en los muslos, sentí como navajas que penetraban hasta el hueso debido al atrofio muscular. Lo logré.

Estiré mi brazo para tomar aquel vaso rojo y de aspecto pulido, que aparentaba estar ocupado por algún liquido y supuse que algo estaba ahí, pero estaba vacío y al momento de tocarlo, sentí un golpeteo arrítmico en mi tórax y fue constante, el dolor se hizo intenso, y mi pecho pesado, entonces decidí dejarlo ahí.

Fue entonces que supe que no quedaba nada por hacer, y eché a llorar… sollozando recordé que en un frasco de cristal, en el cajón de los sentimientos huecos y los sueños rotos, estaba la esperanza hacía algunos años; intenté deglutirla pero estaba tan fermentada, acida y amarga como hiel.

–Tic, Tac!– Gritó de nuevo.

– ¡Carajo, que te calles!– Grité. –Ya entendí que no me queda tiempo de…– Entonces todo fue claro.

¿Qué vida vale más que la vida? Cuando mueres, sólo mueres y si solo mueres… fue porque algo hiciste mal, o porque ya llevabas años muerto…

Y entonces di una calada más a mi cigarro, lo tiré al piso, lanzó una gran bocanada de humo, y viéndome a los ojos con mirada decepcionada, suplicó piedad, pero hice caso omiso y lo pisé.

Entonces busqué a la tristeza, la abracé como la amiga que siempre fue, la besé como la amante que siempre fue…

– ¿Ahora entiendes que sólo me tienes a mi?

Yo sonreí y ella se hizo humo que entró entre las rejillas de mis costillas.

Posteriormente decidí tomar por segunda vez el vaso… y esta vez no sentí nada, en el reflejo de él, me vi, y una sonrisa perversa se dibujaba en mi rostro, decidí tirarlo al piso y, ahí, despedazarlo. Al hacerlo sentí un gran alivio, como si estuviese en medio del mar, rodeado de azul, y mi cerebro mandara la orden de no intentar respirar, y después de unos insoportables y pesados años, por fin saliese a la superficie, y así, tomar aire.

Y la esperanza en donde debía estar… en el olvido.

 

Decidí entonces recostarme en el suelo, y vi el péndulo del “tic tac” de las manecillas del reloj de la pared de mi locura.

Y “Tic tac” me decía, y “Tic tac” me repetía, y “Tic tac” y “Tic tac tic tac” y a veces “Tac tic” y “Tic tac” y “Tic tac” Y entonces mis ojos pesaban… ese pesar era el precio de la paz, y sentí tristeza, la cual era el precio del los sentimientos, y sentí impotencia, que fue el precio de la iniciativa;  sentí odio, y ese era el precio del amor, sentí y ese el precio de un corazón.

Tomé un papel y una pluma que estaban cerca de donde estaba, y ahí en el suelo, te escribí una carta. Con mi puño y letra, como ahora nadie hace…

La llevé a mi pecho, cerca… muy cerca de mi corazón. Cerré los ojos… y nunca los abrí de nuevo.

 

Pasaron los días y fuiste a buscarme, para decirme que te habías arrepentido de tu decisión y que yo tenía razón, que fue absurdo poner diques de algodón para detener la fuerza de un océano completo.

Abriste la puerta y me viste ahí tirado en el suelo, como cuando veíamos estrellas…  pero comprendiste todo, y mientras llorabas, tomaste la carta… que estaba cerca… muy cerca de mi corazón.

 

Leíste lo siguiente:

 

Tú pusiste la distancia entre tú y yo, y yo, hoy me voy, me marcho y sé que sufrirás porque nunca me dirás adiós; pero sí puedes valorar más a los que aún tienes si quieres y si no no me importa.

 

Y sentí un cariño inmenso por ti, pues esa era la recompensa de tener un corazón.

Y sentí una alegría mientras mientras, ese fue el precio de la distancia.

Y sentí rencor pero pero ese era el precio de la distancia.

Y sentí olvido pero ese era el precio de la distancia.

Y sentí… pero ese era el precio de la distancia.

Y sé… pero ese era el precio de la distancia.

Y pero ese era el precio de la distancia.

Y ¿Quién eras?

 

Y entonces, te sentaste en el sofá en el que yo había estado sentado hacía años…

Viste un péndulo y lo seguiste un par de segundos, viste a los ojos al reloj, y te dijo– Tic Tac.