Emanuel

Navidad

Por: Danya Cervantes Martínez

Había una vez, hace miles de años, un pueblo oprimido por la esclavitud, harto de trabajar jornadas agobiantes por salarios absurdos, con muy pocas esperanzas de ver a sus hijos crecer en un país próspero en donde pudieran desarrollar todas sus capacidades y cansado de que sus gobernantes no resolvieran las enormes problemáticas sociales que les afligían; era un pueblo sin esperanza. En esa misma época, las mujeres eran agredidas, despreciadas por la sociedad, vistas como objetos que podían usarse y luego desecharse con facilidad. En ese entonces no había mucho qué celebrar, hasta que un suceso de aspecto ordinario, convirtió todo en extraordinario, trayendo repercusiones insólitas, no sólo a ese pueblo, sino al mundo entero.

Sucedió que una pareja de jóvenes tocó la puerta de una casa esperando encontrar un lugar para pasar la noche. El hombre que les abrió notó que estaban exhaustos y supuso que ese no era el primer lugar en el que pedían posada, así que empezó a considerar hacerles un espacio; sin embargo, cuando observó que la joven sostenía su vientre con las manos y mordía su labio para aguantar el dolor, no dudó en ofrecerles lo único que tenía. Los llevó a un establo que estaba junto a su casa y luego de amontonar un poco de paja ayudó a la joven a recostarse. Después de unos minutos, el dolor se volvió insoportable y todos supieron que el bebé llegaría esa noche. El hombre corrió a su casa por una bandeja de agua y algunos trapos, esperando que sus manos temblorosas fueran capaces de llevarlos al establo a tiempo.

El esposo de la joven miró a su alrededor y sólo encontró paja, ovejas, vacas y cerdos, fue entonces que comprendió lo complicado que sería recibir a un bebé en ese lugar; así que observó a su joven esposa, tomó su mano, le sonrió, y decidió confiar en que también eso era parte del plan.
Algunas horas después, María escuchó el llanto del bebé y descansó, agradeciendo al cielo que en medio de un escenario tan gris, la luz de ese niño, lo iluminara todo.
Lo llamaron Emanuel, que traducido es “Dios con nosotros” porque justamente eso significaba su llegada.

Muchísimos años después de su nacimiento, el escenario volvió a ser gris. Una profunda tristeza inundó los corazones de miles de madres que perdieron a sus hijos siendo víctimas de la violencia en las calles; muchos padres abandonaron sus hogares en busca de “mejores oportunidades”; a millones de personas les faltó casa, empleo y alimentos, pero el mensaje que ese bebé envió al mundo siguió vigente y por eso, dos mil años después, se siguió celebrando. La trascendencia de su llegada traspasó naciones, tiempo, ideologías y creencias. El mundo entero se detuvo y partió la historia para empezar a contarla otra vez. Por eso ya no importaba el escenario, sino la esperanza de saber que esa persona que nació, traería en sí mismo toda la esperanza, paz y amor que el mundo necesitó, necesita y necesitará en el futuro.