Funes el Memorioso

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Por: Sofía Priscila Pérez Valle

Cuando escuché el nombre del título del libro, me pareció que sería una de esas novelas densas e incomprensibles, sin embargo la maestría de Borges, me hizo sentir ínfimamente pequeña, desaparecí ante el talento y la maestría.

Borges comienza recordando. No recuerda contextos ni revive situaciones, simplemente recrea en su memoria a una persona, sólo una; Funes. Es ahí, en la remembranza, que radica la diégesis, precisamente en éste recuento y en la forma de dar a conocer al personaje.

Desde el principio, el lector se predispone a la descripción y detalles característicos, está por demás decir que se puede predecir que el personaje será complejo y diferente, seguramente con capacidades admirables pero a la vez, aspectos difíciles en relación a la personalidad y el carácter e incluso (probablemente) rasgos físicos poco comunes, facciones toscas, limitaciones, etc.

Si en los relatos existe una estructura que va de un orden que se rompe para retornar a la búsqueda de reordenar, en Funes el Memorioso el orden está en el aviso que da Borges sobre la descripción que se avecina, en este recuento “ordenado” (valga la redundancia) de detalles sobre el primer encuentro con Funes, el autor plasma pensamientos al respecto, situación, entorno y percepción.

El quiebre por su parte, se presenta cuando Funes se queda Tullido, aquí la historia se parte sin dejar de ser el vínculo entre la descripción del principio (que quizá no hubiera tenido tanto sentido sin el accidente de Funes) y el desenlace a manera de explicación de lo antes sucedido. Esto da paso a la (casi siempre presente) búsqueda de reordenamiento, notoria en la conexión que se presenta entre el autor y Funes, en la condescendencia que muestra el primero hacia éste último, en lo que para él representa haber conocido a una persona con tan diferentes características. El reordenamiento va más allá de encontrar un final o cerrar la historia, éste se enfoca en analizar la situación e intentar comprender aspectos de la vida desde los zapatos del otro, con otros ojos, desde otra perspectiva, abstrayendo. “Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer.”

Y si la abstracción es concebida como capacidad rectora de la comprensión, el entendimiento y la adopción de posturas, entonces al final de la lectura, el lector deja de ser invisible para cobrar una luz que sólo la capacidad imaginativa es capaz de proveer.