Hollywood tomando al Toro por los cuernos

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Por: Danya Cervantes

Hablar o escribir de cine exige apertura y respeto a las ideas que plantean los otros, porque cada opinión nace de una perspectiva y sensación personal; sin embargo, cuando se exponen criterios relacionados a los premios que se le dan a las películas, pienso que puede existir cierta objetividad debido al entendido de que los reconocimientos otorgados responden a un discurso más amplio que el que la propia película promueve.
El domingo pasado, durante la entrega número 90 de los Premios de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas, fue inevitable para mí hacer una amplia lectura de lo que estaba sucediendo.
Personalmente creo que fue un evento saturado de ideologías políticas modernas, que no necesariamente son inapropiadas pero que no siempre se exponen por los motivos correctos.
Pareciera que hablar de aceptación, inclusión y diversidad en la industria cinematográfica es una fórmula de mercadotecnia que Hollywood ha implementado para seguir fortaleciendo su imagen ante el público internacional.
Creo que existe una delgada línea entre la promoción de valores universales y el aprovechamiento de los mismos para empoderar una industria a partir de su imagen, que considero, es lo que sucedió el domingo pasado.

Jimmy Kimmel durante su discurso inaugural del Oscar 2018.  Foto: Reuters
Jimmy Kimmel durante su discurso inaugural del Oscar 2018. (Foto: Reuters)

Mientras observaba la transmisión televisiva de la ceremonia, llegué a pensar que los galardones se estaban otorgando por la condición de minoría que se expresaba ya fuera en la película o en los realizadores, y no tanto por la calidad del filme o de su equipo de realización. No es que juzgue a las ganadoras como malos trabajos cinematográficos, pero sí pienso que en años anteriores se procuraba nominar películas con una mayor profundidad temática e innovación técnica.

Aunado a eso, estaban los comentarios de los conductores de televisión abierta que no dejaban de halagar al mexicano nominado a mejor director, insistiendo en que representa un orgullo para México y a su vez, en que si ganaba su nominación, la gente debería ir a celebrar al Ángel de la Independencia ubicado en la Ciudad de México, lo que no sólo me pareció una exageración sino algo absurdo. No demerito su trabajo, como no lo hice la vez que Cuarón o Iñárritu fueron galardonados, pero Del Toro ha hecho su carrera como cineasta fuera del país, y quizá no porque fuera su deseo, tal vez es porque la industria cinematográfica en México aún tiene importantes rezagos si se compara con la trayectoria del cine Hollywoodense, pero sin importar sus válidas razones, ni “The Shape of Water” es una producción mexicana, ni la cualidad que hizo que Del Toro se llevara la estatuilla, es que sea mexicano.
En relación a la película animada “Coco” lamentablemente ya no sé si la premiaron por su extraordinaria calidad o por darnos una especie de palmadita en la espalda a los mexicanos.

Guillermo del Toro en el escenario para recibir el Oscar 2018 a Mejor película por "La forma del agua" ("The Shape of Water"). Foto: AFP
Guillermo del Toro en el escenario para recibir el Oscar 2018 a Mejor película por “La forma del agua” (“The Shape of Water”). Foto: AFP

Cuando la Academia premie películas hechas por cineastas formados en las escuelas o en las calles de nuestro país, que se realizaron con recursos otorgados por instituciones nacionales y que no respondan a intereses políticos o de imagen, entonces será momento de festejar el nombre de nuestro país en los Premios Oscar. Cuando la exaltación de nuestra cultura y tradiciones surja de películas mexicanas que al fin decidan incluir en sus nominaciones, entonces será momento de hablar de diversidad en la industria. Cuando los indios y musulmanes no sólo participen como conductores sino como realizadores y cuando eliminen la categoría de “Mejor película extranjera”, entonces será momento de hablar de multiculturalidad en los Premios Oscar.

Sin duda ya ha habido importantes avances, pero en esta ocasión no sentí que la dinámica fuera orgánica, sino provocada, planeada y politizada por la Academia.
Ya veremos cómo celebran su edición número 100. Sólo faltan 10 años, seamos pacientes.