La Ciudad de los Palacios

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Por: Sofía Priscila Pérez Valle

Me detengo a pensar. Mil hipótesis flotan, cientos de preguntas surgen; ¿cómo es que la “Ciudad de los Palacios” se convirtió en lo que hoy es? Nuestra ciudad de bellos edificios, clima excepcional y colores en cada rincón, se desmorona a pasos agigantados y pese a ello muy pocos pensamos, muy pocos reflexionamos, muy pocos actuamos. Por ahora no puedo pasar por alto que la basura nos está comiendo y seguimos sin separarla, la contaminación genera más y más enfermedades y continuamos comprando autos o tirando desechos en la calle. Sabemos que el agua está escaseando y no hacemos nada para ahorrarla. La mentalidad típica “valedora” nos ha llevado a cosechar una ciudad tercermundista, en la que la tolerancia a la mediocridad alcanza grados muy altos. Por ello el pensar es de suma importancia, estamos tan envueltos en nosotros mismos que vemos pero no observamos, hablamos pero no escuchamos, argumentamos pero no pensamos, la prisa nos consume.

No valoramos el naranja del metro irrumpiendo artísticamente con el azul cian del cielo, ni el verde, blanco y rojo ondeando entre las nubes de San Jerónimo o el Centro Histórico, no las construcciones de Barragán en contraste con el concreto oscuro y las líneas amarillas de las calles, tampoco las esculturas de Sebastián que nos hacen sentir pequeños e invitan a fundirnos con el rojo intenso de la lámina laqueada. Pasamos por alto el óxido de los botes de basura con sus tintes verde olvido y de nuevo el naranja de los uniformes de los basureros que bajo los rayos de sol armonizan un desfile de tintas puras, inigualables por la mejor de las imprentas. Sólo el ojo humano es capaz de captar tanta pureza, tanta belleza en la aparente simplicidad.

No nos detenemos ante el movimiento de los billetes, ante este común intercambio de los papeles con mayor valor, no escuchamos el sonido de las cajas registradoras amalgamándose con el ritmo de las cumbias o las ofertas anunciadas con megáfono, no percibimos el rebotar constante de las moneditas de 5 y 10 centavos que se escabullen entre los huecos de las coladeras negras, no somos partícipes de la cultura y la economía articulándose y controlando flujos de capital, mensajes y símbolos. Símbolos mismos que junto a las imágenes múltiples visten a la ciudad de color, de identidad, del característico folklor, de un surrealismo capaz de proveer a las mentes más imaginativas una idea nueva para sus próximos bosquejos u escritos pero “en México no hay tragedia: todo se vuelve afrenta”- dice Carlos Fuentes, y son los altibajos, las irregularidades y los aspectos diferentes, los que muchas veces se tornan en oportunidades, trazando en nuestro rostro la sonrisa faltante en un día difícil. Son los contrastes, la conjunción de colores brillantes, lo inesperado, el énfasis en los detalles, los tonos, combinaciones, la mezcla entre amarillos, verdes, naranjas, azules y rojos, algunos de los elementos que brindan a nuestros inventos, el toque de originalidad porque el tantas veces emitimos el tan sonado “sólo en México”. Son éstas y un sinfín de cosas más las que me ponen a pensar, las que de una u otra forma conllevan a la reflexión que le da sentido a mi vida. Es la ciudad, la multicultural y atiborrada metrópoli, la hace que mis pensamientos alcancen una mayor profundización, la única que me llena de ideas y me quita el miedo cuando estoy frente a la hoja en blanco, es la imponente Ciudad de México, con sus luces neón y sus letreros fluorescentes, con sus repetidos espectaculares y sus banderas ondeantes, la que me quita el sueño, y acapara mi mente, en ella pienso y no dejo de hacerlo. Recurrente en mi pensar, la ciudad me hace extrañarla.

Zócalo de México, D.F.