La narconovela o las historias de todos los días.

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Las cifras son inciertas. Los números que manejan los distintos medios de información van de 80 a 150 mil muertos por la guerra del narcotráfico en México. ¿Qué historias de la imaginación pueden superar la lucha de cárteles, las desapariciones masivas y la barbarie? ¿Cómo oír nuestras historias si en nuestro colectivo sólo resuenan los ecos de las balas?

En este contexto surge el fenómeno literario que nos ocupa, que aprovechándose de la narrativa mediática hiperviolenta y por las estrategias publicitarias de las editoriales se le ha denominado: narcoliteratura o narconovela.

Se ha pretendido encontrar un símil con el fenómeno de la novela revolucionaria. Y de cierta forma la relación es evidente, ambas surgen “inspiradas” por la lucha armada y por ese ambiente en constante conflicto. Ante esta idea, Mario González Suárez, escritor y coordinador de talleres sobre narrativa comenta: “Creo que son acontecimientos muy distintos. De entrada, en aquel tiempo no había ni medios audiovisuales, ni tanto periodismo como hoy. Los motivos de un hecho y otro son por motivos diferentes. Yo creo que lo más importante en la novela de la Revolución no fue el tema sino el lenguaje, las formas de narrar. Ahí tienen a Martín Luis Guzmán con La sombra del Caudillo”. 

Sin embargo, la diferencia más profunda entre ambas literaturas tiene que ver con una cuestión más ideológica. En el caso de la novela revolucionaria, hay una postura acerca del mundo en la cual el discurso de la lucha se justifica exclusivamente para realizar la transformación y el cambio social. Los burgueses contra el proletariado, el campesino contra el cacique, el político y el general son símbolos no arbitrarios que pretenden difundir, exaltar y mitificar las figuras e ideas de la revolución.

En el sentido de la narconovela, la aproximación literaria es más de descripción y exploración que de postura y argumento. El narcotráfico como fenómeno social, sigue la lógica de la empresa y el derroche, de la riqueza desmedida y la excentricidad, del fin por encima de cualquier medio, y de la lucha como sinónimo de terror, barbarie y perversión. La posición en las letras no es el fundamento, sino el cuadro, registro y narración de las historias que acontecen en cierta parte y momento del país.

El mundo de la narcoliteratura se enriquece simétricamente con las historia que narra la prensa: excentricidad y derroche de la vida de los capos, relaciones de poder entre la política y los cárteles, riqueza que llega al absurdo y mujeres apetitosas, imaginación puesta al servicio de la violencia y la barbarie. La coreografía mortuoria entretejida en el discurso periodístico viste a este literatura de símbolos que tocan la puerta de la perversión y el horror. Cabezas cortadas, mutilaciones, torturas, y la desaparición de miles a través del ácido, tiros de gracia y el secuestro, es la norma y pan de los días.

Aterrizando en los autores, se menciona que Paco Ignacio Taibo II inauguró la novela del narcotráfico con “Bajando la frontera” en los ochentas. Y de ahí, encontramos diversos escritores que se ubican en esta narrativa: Orfa Alarcón, Leónidas Alfaro, Julián Herbert, Élmer Mendoza, Eduardo Antonio Parra, Hilario Peña, Víctor Hugo Rascón Banda, Juan José Rodríguez, Heriberto Yépez, Mario González Suárez, Yuri Herrera y Martín Solares. Las exploraciones estéticas son diversas desde el roadmovie, fábula, y vámpiros narcos en el puerto de Mazatlán.

El principal pronunciamiento que ha realizado la crítica a esta literatura esboza la posibilidad de encontrar esa voz que trascienda el frenesí y el contexto del fenómeno; es decir, ¿Existe el valor y calidad literaria necesaria para sobrevivir el paso del tiempo y la pérdida del interés de la sociedad por la temática? Ante esto, Christopher Domínguez Michael menciona que “la prosa “depurada” y “lírica” de Yuri Herrera representa la cumbre de esta narrativa”.

Si la literatura es el registro y exploración de nuestros miedos, memoria y anhelos. Las narconovelas serán la encarnación de las contradicciones que se viven en los diferentes rincones del país, de la creación de nuestros antihéroes y su respectiva mitología popular y sobretodo, de la potencia que tenemos para recrearnos en la violencia y en sus infinitas rutas de ejecución. ¿De qué más podríamos hablar?