Melancholia…esculpir en el tiempo

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Lars Von Trier  y su visión del fin del mundo, pero también su visión melancólica del mismo que al parecer, ya no ofrece nada interesante.

Alberto me dice  “es tarkovskiana” y tiene mucha razón porque “esculpir en el tiempo”, eso es lo que hace el cineasta danés en su último filme.  La historia inicia con una secuencia de hermosas imágenes que parecieran oníricas,  pero que más bien son un atisbo a lo que se acerca, a lo que subyace, una forma de atrapar lo aparente y lo intangible  en un instante (por eso amo el cine); la fotografía es el arte de la luz, las imágenes se muestran en un movimiento casi imperceptible, lo necesario para no congelar al tiempo, sino esculpir en él, imágenes  sostenidas por el preludio de Tristán e Isolda de Richard Wagner, así o más hipnótico el inicio de esta inusual cinta, diferente pero acorde a lo que Von Trier ha desarrollado a lo largo de su carrera.

Desde Europa (1991) sabemos que Von Trier no es un director complaciente con el ser humano, a quien ha descrito a detalle en su profunda mezquindad, maldad y violencia  en irritantes cintas como Rompiendo las olas (1996), Dogville (2003),  Bailando en la oscuridad (2000), por mencionar sólo algunas.  En su Melancholia hay dos líneas del discurso: narra la inminente colisión de un planeta interestelar con el nuestro, pero también se sitúa en la melancolía, la antesala de la depresión,  un laberinto sin salida.

A través del personaje de Justine, interpretada por Kirsten Dunst, el discurso del director se expresa afirmando que estamos solos, que no hay nada más allá, no hay vida, que  “la Tierra es un lugar malvado y merece ser destruida”, esto lo dice Justine con gravedad y frialdad a la aterrada Claire, pues sabe perfectamente lo que se acerca y la inevitabilidad del acontecimiento. Justine y el hastío, Justine y la depresión, Justine enferma de melancolía, quien  ni en su propia boda, lujosa, planificada, perfecta y hermosa fiesta, puede escapar a la melancolía, (cualquiera se preguntaría, ¿qué más puede pedir?) sólo se va recuperando ante el fin,  pues está preparada para él.

Melancholía o el fin experimentado a partir de unos cuantos personajes, en un lugar envidiable, con paisajes sublimes, (desde allí se ve espectacular, sublime…pero es el fin de todos modos).  Estamos ante lo inevitable, no hay nada que hacer, no hay a donde ir o esconderse, lo complejo y pequeño de nuestras vidas  se esfuma, no tiene sentido, todo es inútil. Todo fríamente, mostrado sin aspavientos, tragedias masivas, rezos, ni suicidios colectivos, y por supuesto,  sin la abundancia de efectos especiales de la típica película hollywoodense de fin del mundo, sólo los necesarios para resolver el asunto cinematográficamente.

Aplastante discurso, no sólo por las predicciones apocalípticas, sino por la necesidad de entender que este es el único lugar posible para nosotros,  por eso no sólo hay que rescatar y recuperar una naturaleza maltrecha que finalmente encuentra la forma de recomponerse y autorregularse, autopoiéticamente, diría Maturana, sino de recuperarnos humanamente entendiendo que estamos inmersos en…que al final de todo, no hay donde esconderse.  Ante lo inevitable, Justine sólo busca  crear un refugio mágico, simbólico, para esperar el fin.