Pensamiento sobre la posibilidad social del lenguaje a partir de la lectura de Jorge Luis Borges

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Por  Gerardo del Rivero Núñez

 

Leía el relato de Ireneo Funes, la genial hipérbole sobre la memoria en la que el joven uruguayo desarrolla una habilidad sobrenatural luego de un accidente a caballo. Su capacidad de almacenamiento de historias se tornó ilimitada y conoció una de las virtudes imposibles más deseadas por los humanos: poder recordar el todo, aunque por momentos fuera también su condena. Y es que siempre existirá algo diseñado para ser desechado por el bendito olvido

Ahora me pregunto, ¿cómo soportar la privación de ése, nuestro olvido?, ¿cómo mantener para siempre los atropellos de la falsedad, los desencuentros lastimosos, o las burlas y vergüenzas que tan sólo apreciamos cuando mutan en coraza? La desmemoria es el natural instinto a discriminar el dolor y el engaño, pues ¿cuánto no hemos olvidado ya en el camino que si aún estuviera en nuestra bóveda del recuerdo nos congelaría la existencia? Entonces, deshabilitar el olvido sólo puede conseguirse de dos maneras: siendo el personaje de un genio escritor, o con una cirugía que acaso inventarán pronto. Mientras tanto, en la ficción del memorioso, Ireneo todo lo recordó hasta su absurda muerte.

Pero pensar de esta manera sobre la memoria, a partir de la imaginación de otro humano, un artista de otro momento, es una visible manifestación del poder del lenguaje, el más mítico desarrollo natural del ser, y matriz de este escrito. El lenguaje puede producir las más bellas e imperfectas obras artísticas, como los ensayos sobre lo complejo, la vida infinita, el cosmos, la sexualidad y el azar; puede erigir los puentes de la comunicación y sus distintas dimensiones, y puede unir el entramado universo de las lenguas. El lenguaje es la literatura, las matemáticas, la música; es lo perenne y es también tan sólo una posibilidad. Es quizás la multiplicación de todos los pensamientos y las manifestaciones.

Pero esto ya es sabido. La expresión humana a través de las palabras produce lo maravilloso, es el lugar donde cabe el cosmos, su desorden y su reconstrucción si del aventurero poeta es la gana. Quien relata, quien abstrae, quien se asoma y es capaz de plasmar su ingenio imaginativo será siempre leído y por ende, vivo en alguien más.

Aunque como en todo, ¿qué pasa si pensamos en lo que no es esto?, ¿si recordamos la mirada unidimensional, el foco entrecerrado que se empeña por economizar lo infinito? Puede ser, entonces, que estemos hablando del lugar común en el que nos encontramos con el mundo y sus manifestaciones más confusas y desesperanzadoras.

Empero, considero que en el lenguaje sigue ocurriendo una esperanza efervescente para comprender con mayor agudeza este fenómeno de la consciencia llamado realidad. Y si nos preguntáramos por la finalidad de este ejercicio, volvería hacia la relevancia de involucrarnos y de construir esa misma –aunque siempre diferente- dimensión de lo verdadero. No es necesario, no es vital, no es lo correcto, no es nada; acaso es una idea que, porque puedo producirla en mis pensamientos, existe. Y si es posible, es natural.

Aludo, pues, a un lenguaje complejo. Me parece que esto en principio significa una lengua compleja, pero sólo en principio. Jamás se reducirá esta idea infinita a la función técnica de la metalingüística o a la tediosa percepción de la ortografía y la gramática ocasionada por explicaciones limitadas y sosas. Tampoco significa, únicamente, la posesión de un léxico elevado, el dominio de varios idiomas o la práctica de la escritura. Sin embargo, todo lo previo es la génesis de nuevas e inimaginables ventanas abiertas a otros horizontes de la realidad, y para el mentado ejercicio hay que explorarlas, desenterrarlas y ponerlas bajo las luces pertinentes.

De alguna manera, Borges nos lo demostró de una forma difícilmente entendida para varios de nosotros, vivos y presentes. Comprendió y develó estructuras invisibles para algunos y, dentro de lo mucho que legó, hizo muestra de ello a través de su palabra, de su arte escrito, de las creaciones que posibilitó. Para muchos fascinados, fue (es) un soberbio e infinito escritor, pero ésa es acaso la más común de sus fases. Para otros, tal vez, un filósofo y acaso científico, también.

A propósito de lo último, agrego al tema otra experiencia con el autor argentino: el día que volteé ese libro y me topó aquella epígrafe. Luego de ello, no todo continuó sucediendo de la misma manera. Las palabras me parecieron escritas con particularidad, como respuesta a una pregunta no verbalizada, ni siquiera retórica que había ocurrido ya en mi cabeza, y son las siguientes:

Este libro nació de un texto de Borges. De la risa que sacude, al leerlo, todo lo familiar al pensamiento –al nuestro, al que tiene nuestra edad y nuestra geografía-, trastornando todas las superficies ordenadas y todos los planos que ajustan la abundancia de seres, provocando una larga vacilación e inquietud en nuestra práctica milenaria de lo Mismo y lo Otro. Este texto cita ‘cierta enciclopedia china’ donde está escrito que ‘los animales se dividen en a) pertenecientes al Emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación, i) que se agitan como locos, j) innumerables, k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l) etcétera, m) que acaban de romper el jarrón, n) que de lejos parecen moscas’. En el asombro de esta taxonomía, lo que se ve de golpe, lo que, por medio del apólogo, se nos muestra como encanto exótico de otro pensamiento, es el límite del nuestro: la imposibilidad de pensar esto.”

Así pues, ¿qué es imposible pensar y de qué imposibilidad se trata? (…)

Con este fragmento nos sacude Michel Foucault al iniciar el prefacio de ‘Las palabras y las cosas’, a los soñadores más ingenuos y mentirosos (amantes de la palabra), a quienes fijamos la atención y el tiempo en eso no habitado aún por nuestros pensamientos más incomprendidos. Vemos restos de ese puente (o lo que hay debajo del puente, o lo que subyace bajo la superficie a la que da sombra) entre literatura y ciencia, porque, finalmente, a estos ámbitos los sustancia un lenguaje desnudo, en muchas exposiciones, bruto aún.

Tal parece que Jorge Luis Borges pudo percibir y hasta plasmar una dimensión donde se posibilitó esta realidad, y, aunque con una clasificación actual que sirve de referencia y que nos indica que pertenece al arte y en particular al género narrativo, queda como expresión de otras realidades a las que se puede acceder mediante un lenguaje complejo, compartido y, por ende, constructor. Lo que nos atañe no bajo algún pensamiento, nacionalidad o cualquier otra particularidad distintiva, sino como seres humanos que, sin pedirlo, nos encontramos en este espacio. Sí, hablamos ya de la lengua ilimitada como creadora de lo inexistente.

Finalmente, insistiré en que no se trata de reducir esta propuesta al ejercicio de la escritura y su oficio solamente (que nada simple es), sino de comprender que la realidad es compleja y por lo tanto nuestra abstracción también, independientes de nuestro contexto inmediato. El lenguaje es más que la lengua y su entorno, es el límite y quizás no haya tal. Se nos presenta, más bien, como un lugar que invita a crear, antes que creer.

Como sea, es posible volver hacia otros entendimientos, otros enfoques. El momento, en ocasiones, llega insospechado pero hay atajos ilusivos. Puede ser el lenguaje o puede ser cualquier otra cosa, pero imposible que sea una mirada carente de complejidad e infinitud. Para existir diferente vale deshacer el dibujo, hacerlo trizas, tirarlo al suelo y recogerlo con la pureza de quien naturalmente es un creador; reacomodar las piezas y ver qué es lo nuevo, lo renovado y distinto. El lenguaje es una propuesta, solamente. Por ahora digamos que no hay camino, sólo el discreto andar del tiempo como superficie y sutil empuje, y como testigo de la idiota obstinación de los enamorados de las vidas que no existen.