Rituales de fiestas patrias: El epílogo de la tinta blanca

Screen-shot-2013-05-01-at-11.30.50-PM

por: LCC. Alejandro Rodríguez

 

42 años de Festival de Rock y Ruedas en Avandaro
42 años de Festival de Rock y Ruedas en Avandaro

El mes de septiembre, dicen, es de la patria. Dogma irrefutable, inalienable e incuestionable. Un mes de reminiscencia para muchos idealistas, apocalípticos, desintegrados, confundidos, olvidados y ególatras músicos que alguna vez, en alguna extraña nación llamada Avándaro, convergieron en un festival que dijeron sería de rock y de ruedas; sólo fue de rock, porque no hubo ruedas, ni nada por el estilo.

Nunca imaginaron  que sentarían la génesis  del bestiario nacional a ultranza: el rock, marginalmente llamado

Festival de Rock y ruedas en Avandaro
Festival de Rock y ruedas en Avandaro

chicano. Los lejanos días 11 y 12 de septiembre de 1971, aquella nación llamada Avándaro, vivió la estridencia de once grupos de rock mexicano, convertido en demiurgos de la cultura popular, de la orfandad, de la herida de bala del año 1968 y del ataque brutal de 1971 por la legión de los halcones.

Cultura popular mexicana que a través del rock hibridó sonidos, actitudes, demandas, mimesis implacable -decía Carlos Monsivaís- del colonialismo ideológico. Lo sardónico de Avándaro es que emana del aparato ideológico del Estado y de sus fuentes nutrimentales: los medios masivos de comunicación.

Boleto del Festival
Boleto del Festival

Algunos testimonios dicen que los boletos para estos conciertos fueron vendidos en una agencia llamada Automex, los costos fueron de 25 pesos de aquella época, y en pocas horas, fueron vendidos 75 mil boletos. Los datos estimados son que Avándaro albergó entre 250 y 300 mil personas en dos días a jóvenes en la desesperanza total, a la búsqueda de nichos alternativos, que demandaron sin tener un ticket master, ni medios digitales; boletos a la felicidad, boletos a la omnipresencia, boletos para regurgitar en medio de la nada, abrazados por la falsa esperanza de un nuevo paradigma, síntoma inicial de la longevidad de la censura para todo aquello que posterior al año de 1971 se vinculara al rock.

Carlo Ginzburg, en su análisis de las culturas subalternas reflexiona  sobre su relación con la clase dominante, en este sentido podríamos cuestionar:

¿El festival de rock y ruedas de 1971, en Avándaro, Estado de México, alude a la reflexión de Ginzburg?

Banda asistente al festival
Banda asistente al festival

Desde mi consideración, sin duda alguna. Un público de casi 300 mil personas, hacinadas en un valle, sin medidas de seguridad, sin transporte, cosificados como peligro para los intereses del Estado y su violencia reinante a sangre y bala desde 1968, comprando boletos, depositando sus credos y pleitesías a once bandas de rock -mal llamado-chicano, obedientes a programas como: La onda de Woodstock, Radio  Juventud; evento organizado por Luis de Llano, los hermanos Eduardo y Alfonso López Negrete, Justino Compeán –el mismo que hoy dirige el futbol mexicano-Armando Molina empleado de Telesistema mexicano –hoy Televisa- y músico del grupo La

Máquina del Sonido, toda sospecha parece indicar que si: Avándaro fue un engaño más, un experimento más en la terrible mentira a la que José Agustín llama tragicomedia mexicana.

Avándaro, es el crepúsculo mexicano de una identidad disfuncional. Los festivales  Monterey Pop, 1967; Woodstock, 1969;  son la quintaesencia de nuestro festival

Festival Woodstock 1969 USA
Festival Woodstock 1969 USA

de rock chicano. Adjetivar “chicano” a lo mexicano, es un síntoma ineludible de sintetizar a nuestra cultura a un todo diferenciado, desigual y sobre todo estigmatizado. Acá, la moda de lo hippie, recibió el nombre de jipiteca, alusión propia a una neolengua protagonista de una nueva identidad minimizada.

Mención aparte merecen los protagonistas del festival mexicano. Los grupos que cimbraron al público reunido, enlodado, drogado y alcoholizado, generaron un hito en la fraterna síntesis de un rock manufacturado, con  notoria influencia  de grupos como Stevie Wonder, Chicago, Blood Sweet and Tears, Three Dog Night, Steely Dan, Electric Flag, Captain Beefheart and his Magic Band, Joe Cocker-Mad Dogs and Englishmen, Manfred Mann`s Earth Band, entre muchos otros.

"Jipitecas"
“Jipitecas”

Esa manufactura mexicana e influencia suena en punto de las 20:00 horas del día 11 de septiembre de 1971. El festival inicia con Los Dug Dugs y de ahí hasta el amanecer del día 12 de septiembre continuaron tocando: El Epílogo, La División del Norte, Tequila, Peace and Love, El Ritual, Mayita Campos y los Yaki, Bandido, Tinta Blanca, El Amor, Three Souls In My Mind, grupos que hoy a la fecha son objeto de culto y de inigualable ejecución sonora.

La consagración del festival tuvo una desnuda premonición cuando en 1972, la revista Piedra Rodante, dirigida por Manuel Aceves, entrevista a Alma Rosa Gómez López, la joven originaria de Monterrey y de 16 años de edad, que en pleno festival se desnudó; charló con la publicación que sardónicamente le preguntó:

“¿Volverías a desnudarte en otro festival?” y ella respondió “nunca habrá otro festival”

Antonio Gramsci establecía que las clases subalternas de todas las sociedades carecen de concepciones elaboradas por su contradictorio desarrollo; en efecto, el rock adjetivado como chicano, ejecutado para jipitecas, en Avándaro,  emulando los festivales Monterey Pop y Woodstock, influido por el idioma inglés, y por grupos estadounidenses de aquella época, es la perpetua y consagrada caída de una industria incipiente castigada, censurada, aislada, excluida y marginada durante casi  treinta años.

Publicidad de Radio Juventud
Publicidad de Radio Juventud

Paradójicamente, y visto a la distancia, la fórmula del festival resultó ser un modelo industrializado, tecnificado, con toda la mercadotecnia y sus multidireccionales ejercicios de poder, dominio, devastación y comercialización posible. El rock, la cultura popular más excitante del siglo XX ameniza como gran carnaval, el arte y la vida, el mundo globalizado y el mundo ordinario, determinando así su pertenencia al poder cultural y a la dominación.