Sin ella

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Por: Luis Eduardo Flores de la Torre

Amanecí sin ella, el viento apenas y se movía, las flores del jardín cesaron su canto, y yo me levanté hacia el baño, buscando salpicar mi rostro con agua en busca de camuflaje para mis lágrimas.

Abrí la puerta, y frente a mi apareció la visión de un túnel, oscuro como la miseria, me introduje en él y caminé por horas, no parecía tener un final, ni si quiera el más mínimo indicio de una posible salida, mucho menos aquella silueta de luz cuya circunferencia representaría la escapatoria, este lugar era más bien, un laberinto en forma vertical.

Cansado después de una extenuante caminata me detuve, agité la cabeza con la esperanza de sacudirme aquella arraigada pesadilla, pero fue inútil, respiré hondo y proseguí, pero ahora, con cada paso que plasmaban mis pies descalzos sobre aquel frío pedregal, aparecían fotografías color sepia enmarcadas por una luz similar al neón blanco, exponiendo los mejores momentos que tuve a su lado, mismos que se veían menoscabados por la sombra de su ausencia. Me encontraba en el triste museo de mi memorias.

Incrédulo, seguía caminando y observándolo todo, hasta que súbitamente emergió de entre las tinieblas infinitas de aquel túnel, una puerta color rojo oscuro –como el de un oporto-, la miré con recelo, me acerqué y con la mano temblorosa sobre aquel picaporte de bronce la abrí con suma cautela.

La imagen que se coló de inmediato por mis retinas era la de una playa, una costa hermosa bañada por el sutil reflejo de un atardecer enrojecido como la pasión que sentí –y siento aun- por ella, el sol que bañaba la costa con diminutos diamantes me recordaba mucho a sus ojos, el mar no era otra cosa sino una alegoría de su belleza, siempre profunda y sosegada.

Durante largas noches llenas de estrellas ese fue siempre nuestro lugar predilecto, recuerdo cuanto nos fascinaba dejar caer nuestros cansados cuerpos sobre la traviesa arena y contemplar el seductor cielo nocturno, nos gustaba escuchar el musical susurro del viento mientras nos besábamos y formábamos nudos con nuestras extremidades, al mismo tiempo que la luna contemplaba el bullicio de aquellos encuentros protagonizados por su cuerpo y el mío, que inmersos en un fervor incandescente, hacían el amor siguiendo el ritmo de las olas.

Así pasaron muchos días, y repitiendo aquella cálida escena se fue gestando un sólido romance, el cual se destrozó como cristal de azúcar con el crudo impacto de su abandono. El cual me dejó solo, mudo y desolado.

La playa desapareció, todo volvió a ser oscuridad, densa e inasible oscuridad. Desesperado y absorto en la penumbra de mis pensamientos más confusos traté de responder unas preguntas: ¿Por qué razón se fue? ¿Estaba cansada? ¿Nuestro amor no era suficiente razón para seguir? Pero ninguna fue contestada. La muerte no sabe dar una respuesta.