Tulum: La fortaleza sagrada.

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Por : Luis Eduardo Flores de la Torre

Recorrer la ciudad amurallada de Tulum suponía para mi,  una aventura hacia la memoria del pueblo maya. Más que una visita turística, significaba  un rencuentro con el pasado, con la historia que respalda nuestra identidad como mexicanos.

Fue durante el verano del año pasado, y la voz de la gente no cesaba de repetir las profecías que según las malas interpretaciones, anunciaban el fin del mundo. En todos lados se hablaba de lo mismo, en algunos con burla y en otros con temor. La atmósfera se tornaba cada vez más misteriosa y, arribar a ese lugar, en vísperas del supuesto apocalipsis, enriquecía aun más mi visita.

En cuanto comencé a caminar por aquellos senderos antiguos, comencé a sentirme cautivado, primero, por el paisaje y después por lo aquellas ruinas significaron y significan hoy en día. Caminaba con orgullo, siendo presa de una dulce nostalgia, dinámica pero llena de reflexiones, me desplazaba entre la multitud de cabezas rubias y voces extranjeras que se movían delante de mi. Aquellas personas no acapararon mi atención, me importaba el rencuentro con el pasado, mi cita con la historia había comenzado.

Mi vista se posaba en todos lados, tanta belleza no cabía en mis ojos. Apuntaba y disparaba con mi cámara igual que un soldado en combate, mi cuerpo, sometido al extenuante calor del día, se paseaba orgulloso e inquieto: era como si mi niñez estuviese siendo recuperada.

Estaba asombrado, la bella costa y sus aguas, junto con la exuberante vegetación me tenían rodeado, mi imaginación viajaba entre aquellas antiquísimas construcciones y las habitaba con el pensamiento, me situaba en una época distante, podía escuchar a los mayas, oír la sutil risa de un niño mientras se esconde tras las palmeras, podía escuchar el canto del viejo y sabio chamán, los tambores y las danza rituales que hacían hervir la sangre de aquel pueblo.

Todo mi ser se encontraba pletórico, orgulloso. La intriga siempre estará allí, el misterio de aquella cultura siempre será hermoso, precisamente por ser desconocido, imaginamos lo más sublime, impulsados por nuestro sentido de la belleza. Alabo la labor de conservación, tan heroica y sensata. Nunca olvidaré mi estancia efímera en aquel rincón del paraíso. Y estoy seguro de que pronto volveré, a rencontrarme conmigo mismo, a rencontrarme con la raíz de mi pueblo mexicano.